La puna y los camélidos: su historia, sus características, su situación actual

El Escenario

La Puna es un ecosistema único de América del Sur y abarca parte del norte de Chile, parte de Bolivia, el sur de Perú y el noroeste de Argentina. En este último país, la Puna se extiende por las mesetas y montañas del noroeste, entre los 3400 y los 4500 m s.n.m., desde el límite con Bolivia, el noroeste de la provincia de de Jujuy, parte de Salta, de Catamarca, de La Rioja y de San Juan, llegando hasta el noroeste de Mendoza, donde desciende a unos 2000 m s.n.m. Biogeográficamente se la clasifica en la Región Neotropical, Dominio Andino Patagónico ocupando las provincias Puneña y Altoandina (Cabrera 1976).

 

Estas áreas se caracterizan por su elevación altitudinal (más de 3500 m s.n.m.) y su relieve de montaña, que incluye mesetas de altura y suaves valles.

Su geomorfología es compleja e incluye sierras, salares, valles a más de 3000 m s.n.m., cuencas endorreicas con lagunas, amplias superficies de erosión, abanicos aluviales, conos de deyección y campos de médanos.

La provincia Altoandina (Distrito Altoandino Quichua) es muy fría con temperaturas mínimas en el verano (Diciembre) que alcanzan varios grados bajo cero y una máxima absoluta de 12 °C, siendo la temperatura media anual en Mina Aguilar (Jujuy - 4600 m s.n.m.) de 3,1°C. Se extiende a lo largo de las altas montañas de la Cordillera Real y de la Cordillera de los Andes, desde Bolivia hasta La Rioja. En Jujuy y Salta se halla aproximadamente por encima de los 4400 m s.n.m., ocupando las laderas suaves o escarpadas de las montañas, las altas mesetas, con suelos inmaduros, rocosos o arenosos. Las precipitaciones en esta provincia son principalmente en forma de nieve o granizo, muy irregulares y con notable disminución de las mismas de norte a sur y de este a oeste.


La Vegetación

La vegetación es muy pobre y está formada por estepas graminosas o estepas de caméfitos en cojín. Hay también vegas, desiertos de líquenes, etc.

Las comunidades climáxicas del distrito están formadas por gramíneas cespitosas que crecen formando densas matas circulares o semilunares, a veces mezcladas con caméfitos en forma de cojín o de placa.
Las más frecuentes son las siguientes: “Estepa de iros”, formadas por Festuca orthophylia, Festuca chrysophylla y Poa gymnantha, asociadas con diversas especies de Pappostipa y Deyeuxia y dicotiledóneas enanas o pulvinadas, como la “lejía” (Baccharis incarum), la “chachacoma” (Senecio nutans), la “pupusa” (Xenophyllum poposum), los “cuernos de cabra” (Adesmia minor, Adesmia acculta), la “yareta” (Azorella compacta) y otras especies, cuyos rizomas leñosos constituyen el único combustible de la región. Al abrigo de las matas de gramíneas crecen plantas delicadas, como Perezia ciliosa, Silene haumanii, Cajophora coronata,Calceolaria glacialis, Valeriana humahuacensis, Nototriche anthemidifolia y muchas otras. “Estepa de vizcachera” (Pappostipa frigida), asociada con arbustitos, como la “copa-copa” (Artemisia copa), la “mocoraca” (Senecio viridis). “Estepa de coirón amargo y vizcachera”, con Pappostipa chrysophylla, Pappostipa frigida, “cuernos de cabra” (Adesmia aegiceras y Adesmia nanolignea). “Estepa de iros” (Festuca orthophylla) y “coirón amargo” (Pappostipa chrysophyla), con otras especies de pastos y de dicotiledóneas.

Hay además numerosas comunidades edáficas como el “Semidesierto de caméfitos” en las laderas de ripio suelto a grandes alturas, con diversas especies en cojín, como Oxalis compacta, Senecio algens, Pycnophyllum molle, etc. Aquí suelen crecer dos crucíferas exclusivas de los pedregales a cerca de 5000 metros de altura: Aschersoniodoxa cachensis y Parodlodoxa chionophyla. En las vertientes y depresiones donde se acumula agua, se desarrollan vegas pantanosas de ciperáceas y juncáceas, con predominio de Oxychloe andina, Carex maritima y Zameioscirpus atacamensis. Son también frecuentes varias especies de Deyeuxia y Festuca, principalmente la “chillahua” (Festuca argentinensis, Festuca dolichophylla o Festuca dissitiflora) usada para construir techos de las viviendas. Además adornan las vegas varias especies de flores llamativas, como Gentiana prostrate, Gentianella punensis, Calandrinia acaulis y Werneria pygmaea. Otras veces las vegas están formadas por Distichia muscoides o por Oxychloe bisexualis. Junto a los arroyos hay matas de “guaia” (Deyeuxia eminens) y en los roquedales líquenes crustáceos. Pappostipa Limitada a los ambientes altoandinos del noroeste de la provincia de Jujuy, se encuentran reducidos bosquecillos de Poylepis tarapacana, entre 4000 y 5000 m.s.n.m. (Renison et al., 2013).



La Provincia Puneña es más benigna, aun manteniendo condiciones extremas, ya que las precipitaciones son principalmente en forma de lluvia. Se podría describir como un “semidesierto de altura”. Llueve aproximadamente entre 150 y 300 mm por año, siendo las lluvias estacionales, de Diciembre a Marzo.

La temperatura media de la Puna oscila entre 7.5 y 9.9 grados centígrados, y se presentan grandes amplitudes térmicas diarias. Todas las noches (inclusive en el verano) puede helar (temperaturas por debajo de 0°C) y en casi todos los mediodías la temperatura supera los 15º C. Son comunes las variaciones térmicas de hasta 30 grados en el mismo día. Al haber 3.500 metros menos de atmósfera se percibe a la luz del sol como más blanca y más fuerte, fenómeno definido como diafanidad. Existe una disminución de aproximadamente el 50% de oxígeno en el aire (la cantidad de oxígeno es inversamente proporcional a la altura).

Los suelos son inmaduros (latosoles y regosoles), arenosos. Sólo en las zonas bajas son hidromórficos.

Ambientes de vegas altoandinas, Vilama, Jujuy.

La Puna no es homogénea: Hay muchas zonas de suelo desnudo de pedregal y arena, zonas verdes en las vegas, estepas, ríos y lagunas y grandes salares de donde se extrae sal en forma comercial y otros minerales.



El tipo de vegetación dominante es la estepa, siendo el tipo de estepa variable en función de condiciones microclimaticas y edáficas (arbustiva, herbácea, halófila o sammófila). Las plantas muestran adaptaciones particulares al clima y al suelo, como ser: hojas ausentes, muy reducidas o transformadas en espinas, cutícula muy gruesa, presencia de resinas, enanismo y profundas raíces (Fabiana tiene tallo de 20 cm de altura y raíces de más de 2 metros).


Pastizales altoandinos con vicuñas, Vilama, Jujuy.

Las comunidades climáxicas más conspicuas son: “Estepas de tolilla, chijua y añagua”. Son muy frecuentes en las planicies y laderas bajas, predominando la “tolilla” (Fabiana densa), la “chijua” (Baccharis boliviensis) y la “añagua” (Adesmia horrida), acompañadas por otras especies arbustivas, como la “rosita” (Junellia seriphioides), la “lejía” (Baccharis incarum), la “mocoraca” (Senecio viridis), la “rica-rica” (Aloysia salsoloides), la “canjia” (Tetraglochin cristatum), el “pingo-pingo” (Ephedra americana), la “surivanta” (Ocyroe armata) y la “añagüilla” (Adesmia spinossisima). Estos arbustos, de medio a un metro de altura, crecen esparcidos.


Entre ellos aparecen algunas cactáceas bajas, como el “airampu” (Airampoa ayramposoerensii), Oreocereus trollii, etc., y, cuando llueve, numerosas especies herbáceas. Existen numerosas faciaciones de esta comunidad, en las cuales predomina uno solo de los dominantes o bien alguno de los subdominantes.

En algunas laderas y quebradas, entre los 3000 a 4500 m s.n.m., aparecen bosquecillos abiertos de Polylepis tomentella, la “queñoa”, único árbol de la Puna, con gruesos troncos de hasta cuatro o cinco metros de altura. Otras veces hay sociedades de “cardones” (Trichocereus tarijensis, Oreocereus celsianus) o, en algunas quebradas bajas Trichocereus atacamensisTambién pueden aparecer bosquecillos ralos de “churqui” (Prosopis ferox) que ascienden de la Prepuna.

En la parte septentrional de la Puna suele dominar en forma absoluta la “chijua” (Baccharis boliviensis), apareciendo varias especies que faltan en las zonas austral y occidental.

Existen varias comunidades edáficas. Las más conspicuas son los “tolares” característicos de las orillas arenosas de los ríos y de las depresiones con napa de agua a poca profundidad. Predominan aquí la “tola” (Parastrephia quadrangularis), la “tola del río” (Parastrephia lucida) y otras especies del mismo género. En los suelos ligeramente húmedos hay “esporales” de Cenchrus chilensis que se distinguen desde lejos por su color amarillo claro; y en los medanales matorrales de “lampaya” (Lampayo castellani) o pastizales de “jaboncillo” (Panicum chloroleucum) o de “carrizo” (Sporobolus rigens). En las “vegas” o “ciénagas” de esta provincia el suelo está cubierto por césped de ciperáceas y juncáceas, como Zameioscirpus atacamensis, Juncus stipulatus, Plantago tubulosa y Lobelia oligophylla. Frecuentemente hay también matas más elevadas de “chillahua” (Festuca argentinensis, Festuca dolichophylla o Festuca dissitiflora). Otras veces, en llanuras húmedas sometidas a pastoreo, existen praderas de pasto muy corto, donde predomina la “brama” (Bouteloua simplex), acompañada por Muhlenbergia fastigiata, Trifolium amabile, Astragalus bustillosii, Ipomoea plummerae, etc.

Tanto los bosquecillos de queñoa (Polylepis) como los matorrales de tola (Parastrephia), son muy codiciados como leña por los pobladores locales y están en extinción local cerca de los poblados.

En la Provincia Puneña la agricultura es casi nula y se reduce a pequeñas chacras en las quebradas donde se cultiva maíz (Zea maíz) y quinoa (Chenopodium quinoa). En cambio en la zona oriental hay ganadería, criándose principalmente ovejas (Ovis aries) y llamas (Lama glama).

(Datos biogeográficos de Cabrera 1976).



Los Animales

Camélidos



Otros Animales:

Peces
Anfibios
Reptiles
Aves

Mamíferos

La fauna de la Puna, reducida en cuanto al número de especies si se compara con las ecorregiones circundantes de menores altitudes, se caracteriza por la presencia de especies singulares, muchas de ellas endémicas, que se adaptaron a las condiciones extremas de vida de la región. Diversas adaptaciones fisiológicas, anatómicas y eco-etológicas, les permiten vivir en estas condiciones particulares.
Respecto a las bajas temperaturas y sequedad del clima de la puna, algunas especies se aletargan cuando la temperatura es muy baja (como los colibríes, zorrinos, etc.), otros emigran a zonas más propicias como ocurre con muchas aves en el invierno, y otros adoptaron hábitos particulares como vivir permanente en el agua (algunos anfibios) o bajo tierra (gran cantidad de vertebrados), ambientes que les permiten una menor desecación y garantizan cambios de temperatura menos marcados. Otras adaptaciones incluyen espesos y finos pelajes que actúan como aislantes, como el caso de las vicuñas, guanacos o chinchillas; ventanas térmicas o de flujo calórico en sus cuerpos (ingles, axilas y vientre de las vicuñas) o pieles resistentes a la deshidratación como en lagartos y anfibios. Algunos presentan colores oscuros para una mayor absorción de las radiaciones luminosas, o presentan ritmos y comportamientos diarios que aprovechan las radiaciones solares y evitan las horas de temperaturas más bajas. La vida en la altura selecciona aquellas adaptaciones que permiten eficientizar el aprovechamiento de oxigeno en la atmosfera, cuya concentración es menor que a bajas alturas. La presencia de sistemas circulatorios y respiratorios muy eficientes con corazones más grandes, mayor cantidad de glóbulos rojos o con hemoglobinas muy sensibles al intercambio de oxigeno, regulación de la frecuencia cardíaca y respiratoria, entre otras garantizan una buena oxigenación y regulación térmica y son típicos de los animales de este ecosistema.

La fauna de vertebrados de la puna y los altos andes, incluye varias especies de mamíferos, aves, anfibios y reptiles, y unas pocas de peces. Presenta una interesante diversidad faunística, distribuida principalmente habitando vegas y lagunas salobres, bosquecillos de queñoa (Polylepis spp.) y churqui (Prosopis ferox) y las extensas estepas arbustivas puneñas y laderas rocosas, ambientes con máxima prioridad para la protección de la fauna.

Algunas especies de vertebrados de la puna se mencionan a continuación:

Peces
En los escasos cursos de agua dulce de este ambiente, ríos y arroyos que desaguan en las lagunas endorreicas (sin salida al mar, y salobres por evaporación), y aquellos de las altas cuencas exorreicas de los ríos Bermejo, Pilcomayo, Juramento y Salí o Dulce, se han registrado unas pocas especies de peces torrentícolas del género Trichomycterus (T. belensis, T. yuska y T. roigi), llamados localmente “yuskas” o “bagrecitos de los torrentes”. Peces pequeños, de cuerpo alargado y tegumento liso, con presencia de barbillas sensitivas nasales y maxilares, habitan aguas bien oxigenadas, claras y frías de lechos rocosos y torrentosos.


Trichomycterus sp., Jujuy, Argentina. Foto: J. Baldo.

 

En numerosos ríos y arroyos de la región se introdujeron y mantienen deliberadamente mediante la “siembra” de alevinos, especies de salmónidos exóticos invasores, llamados localmente “truchas”. De las siete especies introducidas en la Argentina, de las cuáles prosperaron cuatro, se destaca la presencia, en los ríos y arroyos de la Puna, de la “trucha arco iris” (Oncorhynchus mykiss), por ser la introducción más “exitosa”, a partir de los primeros ejemplares liberados en 1904, y por su alto impacto sobre la fauna nativa, especialmente sobre peces y anfibios. Este impacto se manifiesta tanto en forma directa (predación) como indirecta (competencia por alimento, cambios en la red trófica, modificación de hábitat, etc.), lo que repercute a su vez en otros niveles tróficos del ecosistema. La introducción de esta especie se torna un problema de conservación cuando ocurre en microcuencas que representan el hábitat exclusivo de especies endémicas (aquellas cuya distribución está limitada a un ámbito geográfico reducido y que no se encuentran de forma natural en ninguna otra parte del mundo), y existen numerosas referencias de su impacto en Sudamérica (Lago Titicaca Bolivia-Perú, Patagonia Argentina) y en el noroeste argentino en particular, afectando negativamente a poblaciones de anfibios endémicos (Telmatobius spp., Atelognathus, entre otros).


Anfibios
Entre los anfibios, representados por dos especies de “sapos” (Rhinella spinolosus y R. arenarum), algunas ranas de los géneros Hypsiboas y Pleurodema, destacan las ranas del género Telmatobius, cuyo nombre significa “habitantes de cuerpos de agua dulce”, engloba a casi 60 especies de ranas estrechamente asociadas con el agua, siendo la mayoría de las especies semiacuáticas, mientras que algunas son enteramente acuáticas. Viven en lagos, lagunas, ríos y arroyos de altura de las tierras altas de los Andes, a altitudes entre 1.000 y 5.200 m, desde Ecuador a Argentina. En nuestro país se encuentran 15 especies en Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja y San Juan. La mayoría de las especies de este género en la puna, tienen áreas de distribución reducidas y su estado de conservación se encuentra amenazado, especialmente por la pérdida de hábitat, la contaminación, las enfermedades (chytridiomycosis y las infecciones de nematodos), la introducción de la trucha y la captura para el consumo humano, como en el caso de la “rana gigante del Titicaca” (Telmatobius culeus), que se encuentra amenazada de extinción.

Pleurodema marmoratum, Sierra Alta, Jujuy.
Foto: J. Baldo.
Pleurodema cinereum, realizando las puestas
y fecundación de los huevos en nidos de espuma,
Cieneguillas, Pozuelos, Jujuy. Foto: Y. Arzamendia.
   
Telmatobius rubigo, de la cuenca de Laguna
de los Pozuelos. Foto: D. Baldo.
Telmatobius platycephalus de la cuenca de
Salinas Grandes – Guayatayoc, Jujuy. Foto: J. Baldo.



Reptiles
Con respecto a los reptiles, sin lugar a dudas las lagartijas del género Liolaemus se destacan por su abundancia y frecuencia de observación en los soleados llanos y roquedales andinos. Representa uno de los géneros de lagartos vivientes más diversos que se conocen, superando las 200 especies distribuidas en diversos ambientes de Sudamérica, la inmensa mayoría de las cuales habita regiones de altura en los Andes y en Patagonia. Varias especies han sido descriptas para el noroeste argentino, y probablemente varias más quedan aún por describir. Su elevada especiación y el tipo de distribución en áreas pequeñas y discontinuas, representan buenas posibilidades para estudios evolutivos y biogeográficos.

Liolaemus puna, Abra del Morado, Jujuy.
Foto: J. Baldo.
Liolaemus sp., Santa Catalina Jujuy.
Foto: Y. Arzamendia.


Entre las serpientes de la Puna, es común la culebra del género Tachymenis, género que reúne seis especies que se distribuyen desde Perú hasta el sur de Argentina y Chile, en zonas de altura y en la Patagonia. T. peruviana, se encuentra en la región noroeste, habitando las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán y Catamarca, desde aproximadamente los 2000 m snm hacia arriba. Es de hábitos diurnos y se encuentra en las cercanías de cuerpos de agua, donde se alimenta de anfibios o en las zonas de arenales y rocas, cazando lagartijas. Es importante destacar que su veneno posee fuerte actividad proteolítica y hemolítica y puede producir accidentes graves, por lo que se recomienda no tratar de capturarla.


Tachymenis peruviana, vega de Carayo, Santa Catalina, Jujuy. Foto: Y. Arzamendia.

 

Otra serpiente, menos abundante y que habita sectores bajos de la Puna en su transición hacia la Prepuna, los Pastizales de Neblina y el Bosque Montano, aunque en Bolivia parece ascender a mayores altitudes, es la serpiente venenosa Bothrops jonathani, llamada localmente “cascabel negra” o “yarará de altura”. Citada recientemente para las provincias de Salta y Jujuy en Argentina, es una especie terrestre, nocturna y crepuscular, y se alimenta de pequeños roedores, marsupiales, otros reptiles y aves, y al igual que otras serpientes del género, posee un veneno de fuerte acción hemolítica y proteolítica, cuya mordedura requiere de tratamiento médico específico y urgente, con aplicación de suero antiofídico.


“Cascabel negra” o “yarará de altura” (Bothrops jonathani), Jujuy. Foto: J. Baldo.


Aves
Las aves, animales homeotermos que mantienen su temperatura corporal dentro de unos límites independientemente de la del ambiente, no tienen tanto problema con la temperatura, y el problema básico lo constituye la escasez de alimentos y de lugares adecuados para nidificar y refugiarse, presentando muchas de ellas particulares adaptaciones para afrontar esas condiciones. Por ello, en cuanto a la avifauna, si bien la riqueza de especies de esta región es baja, la región andina constituye una de las áreas del mundo con endemismos de aves de alta prioridad de conservación.

Entre las más frecuentes y características se encuentran algunos Tinamidos (comúnmente llamadas martinetas o perdices) como EL “Keu” (Tinamotis pentlandii) y el “Guaipo” (Nothoprocta ornata).


“Keu” en arenales arbustivos de Jama, Jujuy. Foto: Jorge Baldo.

 

Los “suris” o “ñandú petiso” (Rhea pennata garleppi), ave del grupo de las rátidas o aves corredoras (familia Rheidae) endémica de Sudamérica, cuyas poblaciones se encuentra con problemas de baja en su densidad y de su éxito reproductivo, señalándose la intensa caza y recolección de huevos como los factores determinantes. Ocupan un lugar preponderante en la cultura andina, como en las ornamentaciones y bailes de los “Samilantes” en las fiestas.


Suri cuidando sus crías, Foto: Jorge Baldo.

Niño Samilante en Cieneguillas Jujuy.
Foto: Yanina Arzamendia.
Baile de “Samilantes”. Foto: Joaquín Carrillo.


El “cóndor” (Vultur gryphus), especie que se distribuye en Argentina por la cordillera de los Andes y la precordillera desde Jujuy a Tierra del Fuego, en las sierras altas de Córdoba, San Luis y costa patagónica es una especie emblemática y símbolo de la cordillera. Esta especie, que suele cargar con la mala reputación de cazador y ladrón de ganado, es sin embargo un ave carroñera, es decir se alimenta de cadáveres de animales domésticos, guanacos y vicuñas principalmente. Se encuentra categorizada como “Casi amenazado” (NT), categoría que establece que si bien la especie no presenta riesgos actualmente como para ser incluida en algunas de las categorías de peligro (En peligro crítico, En peligro o Vulnerable), está cercana a satisfacer los criterios para su inclusión o posiblemente los satisfaga en un futuro cercano.


Cóndores en vuelo. Fotos: Y. Arzamendia.


Además se encuentran otras aves como rapaces (halcones, caranchos, águilas, aguiluchos y gavilanes), palomas, chorlos y teros; algunas especies de lechuzas y búhos, una especie de carpintero, el “yajto” (Colpates rupicola) que suple la falta de árboles utilizando los roquedales y barrancas de tierra para nidificar y alimentarse.

Aguilucho o águila blanca (Buteo polyosoma).
Foto Y. Arzamendia.
“Juko o Colcon” (Bubo virginianus) en la
cuenca de Pozuelos, Jujuy. Foto Jorge Baldo.



Pareja de “Yajtos” (Colaptes rupicola) posados en pircas de rocas. Foto: Yanina Arzamendia.

 

Numerosas especies de Paseriformes (gran orden de aves que abarca a más de la mitad de las especies de aves del mundo y a los que se conocen comúnmente como pájaros, y a veces aves canoras o pájaros cantores), habitan las estepas, vegas, roquedales y otros ambientes de la Puna y los Altos Andes, utilizando muchos de ellos huecos en la tierra o entre las rocas para descansar y nidificar. Destacan la “mineritas” o “camineras” del género Geositta, los “come-sebos” o “yales andinos” del género Phrygilus, los “jilgueros” del genero Sicalis, las dormilonas del genero Muscisaxicola entre muchos otros.


Ejemplar de comesebo puneño (Phrygilus dorsalis). Foto: Freddy Burgos.


Párrafo aparte merecen los “colibríes o “picaflores”, resultando difícil concebir que aves tan delicadas y generalmente asociadas a otros tipos de ambientes hayan logrado colonizar los Andes, haciéndose presente hasta los 5000 m snm. Especies del género Oreotrochilus y Colibri, destacan pos sus colores y su veloz vuelo batido, y el denominado localmente “Kenti” (Patagona gigas) por su gran tamaño.


“Kenti o Picaflor gigante” (Patagona gigas).


Por último, entre los componentes más destacados, debemos mencionar a las aves acuáticas que habitan las lagunas y vegas altoandinas, especialmente las tres especies de “Parinas o Flamencos” (Phoenicoparrus andinus, Phoenicoparrus jamesi y Phoenicopterus chilensis) por ser aves “carismáticas” y altamente especializadas para alimentarse en los salobres cuerpos de agua de la región, distinguibles entre sí principalmente por la forma de sus picos, y la coloración de sus patas.


Detalle de los cráneos de las tres especies de flamencos que habitan la Puna, obsérvese la diferencia de los picos.
De arriba hacia abajo:
Phoenicoparrus andinus, P. jamesi y Phoenicopterus chilensis. Foto: Jorge Baldo.

 


Si se observa con detalle se pueden distinguir
a flamencos de las tres especies de la Puna Jujeña.
Foto: Luis Calizaya.
“Parinas grandes” (Phoenicoparrus andinus) en “danza”.
Foto: Freddy Burgos.

 

Diversas especies de patos y “socas” o gallaretas (género Fulica), habitan también las cuencas andinas, así como el “Yanavico” o “Ibis puneño" (Plegadys ridgwayi) y algunos chorlos, playeros y agachonas como los llamados localmente Pucu pucu (genero Thinocorus) y el Culi Culi (Attagis gayi).

Ejemplar de “gallareta cornuda” (Fulica cornuta)
en laguna Altoandina, Jujuy. Foto: J. Baldo.
Grupo de ”yanavicos” en estepas puneñas, Jujuy.
Foto: Y. Arzamendia.

 

 

Mamíferos
Al igual que en el resto de los grupos de vertebrados silvestres nombrados anteriormente, los mamíferos andinos no son muy numerosos en especies, pero si en cuanto a los endemismos.

Los roedores, son un componente clave de la fauna altoandina, encontrándose entre los de menor tamaño, algunas especies de “ratones” de los géneros Akodon, Phyllotis y Calomys principalmente. Se destacan además otros como la “rata andina” (Andinomys edax) y el “pericote andino” (Auliscomys sublimis), habitando en áreas rocosas de zonas de altura con vegetación arbustiva cerca de los cursos de agua; o las “lauchas colilargas” de género Elygmodontia spp., de hábitos nocturnos y habitantes en general de suelos arenosos de dunas y roquedales, donde cavan sus madrigueras o utilizan la de otros roedores. También la “rata conejo” (Reithrodon auritus), de áreas abiertas rocosas y con escasa vegetación.

Típicos representantes de la fauna andina son los roedores de la Familia Caviidae, denominados localmente “cuis” o “cuy”, con especies silvestres de los géneros Cavia, Galea y Microcavia, que viven en grupos familiares, a veces numerosos, en pastizales y arbustales donde excavan sus madrigueras o utilizan las de otros animales. Resultado del cruce de varias especies del género Cavia, realizado en la región andina de América del Sur en tiempos prehispánicos, con registros arqueológicos encontrados desde Colombia y Ecuador hasta Perú y Bolivia, surgió una especie híbrida doméstica (Cavia porcellus), criada hasta la actualidad para su consumo o como mascotas en varias regiones andinas y extra andinas, donde se los conoce como “conejitos o chanchitos de la India”.


Galea sp. Pozuelos, Jujuy. Foto: Y. Arzamendia.


Exclusivas de los altos andes, desde Perú a Chile y Argentina, destacan las “chinchillas”, cuya valiosa piel hizo vulnerable a la especie a la persecución humana. Esto llevó a la “chinchilla altiplánica, real o grande” (Chinchilla brevicaudata) prácticamente a la extinción. Distribuida antiguamente desde el sur de Perú, oeste de Bolivia, centro y este de Chile y noroeste de Argentina, habitando áreas montañosas de laderas pronunciadas, clima frío y con vegetación herbácea y arbustiva entre los 2500 y 5000 m snm, sobrevive actualmente en pequeñas y aisladas poblaciones, en zonas de mayor altitud. Se encuentra incluida en el apéndice I de CITES y categorizada como en Peligro Critico de Extinción en Argentina.

Más comunes y abundantes resultan las “vizcachas andinas o chinchillón” (Lagidium viscacia), de hábitos diurnos y gregarios, habitantes de los roquedales y paredones rocosos de la puna y los altos andes.


Vizcacha andina en roquedales nevados en Mina Providencia, Jujuy. Foto: Jorge Baldo.


Otros roedores exclusivos de Sudamérica, los octodóntidos, de mediano tamaño, con sus cuerpos cubiertos por un pelaje largo y sedoso, nocturnos, sociales y que excavan madrigueras, tienen en la Puna Argentina representantes como la “rata cola de pincel” o “chozchori” (Octodontomys gliroides) y la “rata chinchilla" o “amito” (Abrocoma cinérea).

Cercanos con estos últimos, los roedores fosoriales (que viven bajo tierra) del género Ctenomys (Ctenomyidae), han alcanzado entre los mamíferos, la adaptación máxima al medio subterráneo en la región, convergiendo fuertemente con otros grupos de roedores subterráneos como los Geómidos Norteamericanos. Verdaderos artífices de su propio microclima, estos roedores excavan y habitan en forma permanente madrigueras con un túnel principal y ramificaciones laterales divergentes y una o más cámaras y nidos, donde acumulan su alimento, obtenido mediante cortas excursiones a la superficie, regulando mediante la apertura y/o obturación de las bocas al exterior las condiciones de temperatura y humedad de sus madrigueras de una forma asombrosa. Esto les ha permitido colonizar los más diversos ambientes del extremo sur de América, desde las regiones costeras hasta los altos andes.

En la Puna Argentina, la especie Ctenomys opimus, llamados localmente “tojo”, “oculto” o “tucu – tucu”, se distribuye ampliamente por las planicies, vegas e incluso terrenos pedregosos de buena parte de la región, constituyendo un elemento clave del ambiente en referencia a la formación de suelos y como presa de numerosos y variados predadores.


“Tojo” (Ctenomys opimus) en la Puna Jujeña. Foto: Freddy Burgos.

Una especie de liebre (Lepus europaeus), introducida desde Europa, ha colonizado prácticamente todo el país, habitando incluso las estepas y pastizales puneños.



Dos ejemplares de “liebre europea” delante de una vicuña, en estepa arbustiva de la Puna Jujeña. Foto: Y. Arzamendia.

Un pequeño marsupial, la comadrejita pálida (Thylamys pallidior) de hábitos nocturnos, se alimenta principalmente de insectos y frutos y habita zonas rocosas, de escasa vegetación, matorrales y en el interior de cactáceas.


El quirquincho andino (Chaetophractus nationi) es un armadillo endémico de la región de la Puna, que habita los pastizales y estepas arbustivas donde se alimenta de invertebrados (insectos, lombrices, moluscos), pequeños vertebrados, huevos, frutas, tubérculos y hongos. Excava con sus fuertes uñas madrigueras donde se refugia en las horas de temperaturas extremas y para protegerse de sus predadores, contribuyendo con la remoción de tierra y los aportes subterráneos de materia orgánica en forma positiva sobre el suelo, al igual que los tojos. Algunos los consideran “plaga”, no por la cantidad de quirquinchos sino por el daño que ocasionan a los cultivos de “papa” ya que al buscar insectos y larvas escarba el terreno sembrado, interrumpiendo el crecimiento normal del cultivo. Utilizado culturalmente por los pobladores andinos en una serie de sortilegios como amuleto para atraer la buena suerte, es muy común ver quirquinchos taxidermizados en hogares y lugares donde se lee la suerte, o en negocios para atraer clientela, en la medicina tradicional es cotizado por su grasa, cola, huesos, garras y pelaje y también es utilizado como carne por los pobladores o para la confección de instrumentos musicales.



Quirquincho andino en la puna Jujeña. Foto: J. Baldo.

Entre los predadores, destaca por ser el de mayor tamaño y por su plasticidad ecológica, el puma o “león americano” (Puma concolor), cuyas huellas y registros lo señalan presente hasta los cinco mil seiscientos m snm. De dieta oportunista, sin embargo es conocida su preferencia por los grandes vertebrados, incluyendo los camélidos silvestres. Ocasionalmente, ante la disminución de fauna silvestre por ejemplo, algunos ejemplares atacan al ganado doméstico, dada sus altas densidades y su docilidad, pudiendo afectar seriamente, en forma puntual, la economía de algún poblador ganadero local. Por ello son perseguidos y cazados por los pobladores locales, principalmente, ya que su piel no representa un valor comercial.

Otros felinos habitantes de la Puna y los Altos Andes, son tres especies de gatos del género Leopardus, el “gato montés” (L. geoffroyi) más común en la áreas bajas de la Puna, el “gato de pajonal” (L. colocolo) que comparte su hábitat en las áreas más elevadas con el “gato andino” u “oscoyo” (L. jacobita), endémico de la región y que estaría asociado a la presencia de “chinchillones” (Lagidium viscacia) para alimentarse, aunque puede predar además sobre aves acuáticas o roedores pequeños. Ambas especies se encuentran categorizadas como Vulnerables a nivel nacional, categoría que considera que la especie está enfrentando un riesgo alto de extinción en estado silvestre.



Primer registro fotográfico del gato andino en Sierra del Aconquija, Tucumán. Foto: Scrocchi, G. J. y Halloy S. P (Fauna Argentina, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires).

Dos especies de “zorros”, llamados localmente “atuj” o “antuko”, habitan las regiones de la Puna y los Altos Andes, el “zorro colorado” (Lycalopex culpaeus) y el “zorro gris” (Lycalopex griseus), variando sin embargo su densidad según aumenta la altitud, siendo más común el primero a mayores altitudes. De dieta oportunista, ambas especies predan principalmente sobre roedores, liebres y crías de animales domésticos, en especial sobre las ovejas y en menor medida de llamas. Consumen además frutos, insectos y otros pequeños vertebrados (aves y reptiles por ej.). Cazados por su valiosa piel, en especial en décadas anteriores, también son perseguidos por los pobladores ante los casos de predación sobre su ganado.

Foto de “zorro gris”, Jujuy. Foto: Yanina Arzamendia. Zorro Colorado, Pirquitas, Jujuy. Foto: B. Vilá.


Otros carnívoros de menor tamaño, son el “zorrino”, “zorrillo” o “añazco” (Conepatus chinga) y el “hurón menor” o “unchuchukuy” (Galictis cuja), que se reparten el uso del territorio mediante su hábitos, los primeros esencialmente crepusculares y nocturnos mientras que los hurones son diurnos con una mayor actividad en las horas de mayor insolación. Se alimentan de roedores pequeños, reptiles, insectos, huevos e incluso carroña de animales muertos.


“Añazco” (Conepatus chinga) en la Puna. Foto: B. Vilá. Hurón en su madriguera, Pozuelos Jujuy. Fotos: Y. Arzamendia.

Entre los herbívoros de mayor tamaño, una sola especie de ciervo la “taruka” o “venado” (Hippocamelus antisensis) habita o habitaba, laderas rocosas y arbustivas de la puna, principalmente de la zona baja en su transición hacia la prepuna, aunque en el noroeste argentino prefieren y sobreviven poblaciones de este cérvido, principalmente en los pastizales de neblina que conforman un mosaico con los bosques montanos del sector superior de las selvas de Yungas. En muchas regiones de la puna de Jujuy y Salta se registran en la memoria de los pobladores la extinción local de las poblaciones de este cérvido, muy perseguido para el consumo de su carne.


Tarucas en pastizales andinos. Foto: Jorge Mercado.

Destacan así como herbívoros claves de las regiones andinas, los camélidos sudamericanos, representados por sus cuatro especies, dos silvestres: el “guanaco” (Lama guanicoe) y la “vicuña” (Vicugna vicugna), y dos domésticas: la “llama” (Lama glama) y la “alpaca” (Vicugna pacos), por su mayor tamaño, abundancia y rol ecológico y socio cultural.


Las cuatro especies de camélidos sudamericanos y su distribución geográfica.


La historia de los camélidos sudamericanos, como la de los camellos de Asia y África, es la historia de la adaptación a la aridez.

Los camélidos aparecen en el Eoceno tardío en América del Norte (hace 40 millones de años). El Protylopus petersoni parecía un pequeño guanaco. Hace aproximadamente 20 millones de años, los camélidos dominaban las zonas planas de América del Norte y estaban divididos en cuatro grupos (Webb 1972). Los dos grupos más importantes eran los Paracamelus y los Hemiauchenia. Hace aproximadamente 3 millones de años, los Paracamelus  migran por el puente de Bering hacia Eurasia y se extienden por toda Europa, norte de África y China. A partir de estos antecesores, evolucionan los camellos del viejo mundo: el camello y el dromedario que pertenecen al género Camelus y que son los "jorobados". También alrededor de tres millones de años atrás, en el principio del Plioceno, los Hemiauchenios pasan por Panamá e invaden las planicies y pampas de Sudamérica, aquí se diversifican dando algunas especies gigantes como Paleolama y otras especies del género Lama muy similares a los guanacos actuales.


Cambiando de escala a miles de años, llega el momento de las extinciones. Hace aproximadamente 12 a 10 mil años en la época helada del Plioceno, se extinguen los Hemiauchenia y los Paleolama, quedando como grupos más importantes los Lama (guanacos) y los Vicugna (vicuñas). Para esta época también se extinguen todos los camélidos que quedaban en América del Norte. Hace aproximadamente 6000 años, el hombre americano "fabrica" llamas y alpacas, a partir de la domesticación (Wheeler 1988).

Los camélidos sudamericanos son los herbívoros nativos más grandes e importantes de la región sur oeste de Sudamérica. Cuando comparamos las faunas de mamíferos de Sudamérica y África vemos que aquí hay muchas especies de roedores y murciélagos y pocas de grandes herbívoros. Solamente tenemos 19 especies de ungulados nativos en comparación con las casi 100 de África. En este contexto, los camélidos son los "dueños" de las praderas y planicies del sur y oeste del continente sudamericano, hay que imaginarse estas zonas antes de la agricultura y la caza indiscriminada, la disminución en números por enfermedades y el "corrimiento" que debieron sufrir estos animales como consecuencia de los asentamientos humanos y la introducción de herbívoros domésticos exóticos, “oveja” (Ovis aries), “burro” (Equus asnus), “vacas” (Bos taurus) y “cabras” (Capra hircus).









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